Tan nada y tan todo como las notas de un himno

Hace unas semanas, mientras Costa Rica estaba aún cubierta de banderas rojiblancazules, los medios y las redes sociales se llenaron de una palabra recurrente: himno. Ese término había quedado enllavado en un baúl muy por debajo de mis fotos sepia de infancia, justo al lado de patria, próceres y bandera, pero volvió a tener sus 15 minutos de fama en el mes en el que hace años se firmó la “independencia” de una región del tamaño del ombligo de América.

Resulta que el Ministerio de Educación del país decidió pedir a las escuelas que se sonara el himno nacional de Nicaragua junto con el de Costa Rica durante el mes de septiembre y lo comunicó con tono festivo. De pronto, salió a luz pública toda esa gente que suele frecuentar estadios y plazas en grandes masas, esas personas que van subiendo el tono poco a poco de patrióticos a kamikazes, de entusiastas a xenófobos.

El asunto me entraba por un oído y salía por otro, sobre todo porque trabajo con una organización que aboga por cambios sociales estructurales y donde escucho todo el tiempo sobre problemas reales de toda América Latina como por ejemplo dirigentes LGBTI amenazados de muerte, mujeres con VIH que viven violencia en la región o pequeños productores y productoras que enfrentan las peores consecuencias del cambio climático. Para mí era evidente que el asunto del famoso himno no era más que una cortina de humo mediática y un tema al que iban a oponerse personas que no habían viajado nunca, ni siquiera en su cabeza. También pensé que podía ser una estrategia para desenterrar esas cosas que la globalización había empezado a dejar atrás como los nacionalismos y las fronteras.

Logré pasar de lejos hasta que la discusión se puso interesante en el comedor de la oficina y hasta que llegó a las redes sociales del preescolar de Abril, mi hija de dos años. La guardería -que hasta entonces me había parecido muy de avanzada- publicó una de las frases más extrañas, machistas y violentas del himno tico junto con una bandera… “Cuando alguno pretenda tu gloria manchar, verás a tu pueblo valiente y viril, la tosca herramienta de armas trocar…”. Ahí el tema pasó de darme pereza a preocupación y pensé que era necesario al menos presentar mi postura cuando el tema saliera a relucir.

¿Qué es un himno?

¿Qué es un himno, sino un jingle que suplió una necesidad de crear identidad territorial mientras tres o cuatro mafiosos decidían auto-proclamarse herederos de un terruño? ¿A qué responden estos nacionalismos en una época en la que deberíamos estar avanzando hacia la consciencia interplanetaria y el reconocimiento de nuestra diversidad desde una ciudadanía universal?

A los himnos no los parió la tierra y los símbolos patrios no bajaron de los cielos transportados en ovnis. Al igual que los lemas publicitarios que se nos han quedado en la cabeza junto con los logos del siglo XX, los himnos y el concepto de patria son productos de un juego psicológico de construcción de identidad de un país: En otras palabras, propaganda. ¿Fueron necesarios en algún momento? No. ¿Son necesarios ahora? Aún menos.

Honestamente no recuerdo bien el himno de Nicaragua, el país donde está muchísima gente que quiero y donde nací, pero sí me sé el de Costa Rica, el país de mi adorado abuelo paterno, donde viví un tiempo corto durante la infancia y donde he vuelto por temas de trabajo. La diferencia en este particular entre los dos países es que el nacionalismo acá sigue más vivo ahora que en cualquier pre-modernidad y septiembre parece transformar a miles de personas en pequeñas máquinas reproductoras de ideologías violentas, extrañas e incuestionables. Es un escenario triste y vergonzoso para un país tan hermoso, que tiene como tarjeta de presentación la paz y la falta de ejército.

No es casualidad: hay discusiones sociales ya enterradas que han resurgido para empezar a atiborrar los medios ante mi incredulidad. La respuesta de Estados Unidos a la crisis ha sido llevar a la candidatura presidencial a un tipo que no hace más que disparar cuando se siente amenazado por cualquier ser humano que no sea hombre, blanco y conservador. La respuesta de Inglaterra ha sido similar. Estoy segura que para personas seguidoras de estos líderes, los himnos hoy vuelven a tener sentido, porque representan todo el miedo que tiene un grupo pequeño de personas a que el mundo cambie y que las personas se miren a los ojos en igualdad.

Septiembre ya pasó

Gracias a la tercera dimensión (donde el tiempo sí existe), septiembre ya pasó y con él se fueron las banderas. Sin embargo, la discusión patriótica parece haber dejado a la opinión pública jadeante y a la gente polarizada entre discusiones de xenofobia o contra-xenofobia, entre un patriotismo “viril” y una búsqueda de un sentido más universal de la existencia.

Yo sólo espero que la generación de Abril venga a revolucionarnos como una primavera y que aspire a proyectarse humilde y volátil como cualquier especie en evolución, a saberse tan nada y tan todo como las notas de un himno.

La revolución que no conocí en los Carlitos

Si sos de mi generación o menor, es probable que la revolución te tenga hasta los ovarios. Para mí, este tema es como la familia: La amás tanto como odiás sus vicios, la querés olvidar tanto como la querés recordar. Me refiero a la revolución producto del registro histórico inamovible que ocurre cuando cae en las manos del poder: el arte con temas re-re-re-revolucionarios es el disco rayado nicaragüense por excelencia. Ni hablar de la identidad corporativa de un gobierno disque sandinista que porta llaveros de mártires para sus Tucson del año. Esa revolución, plana, confundida y estereotipada, es un peligro.

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Hace un par de meses entró por la puerta de Veinti3 la fotógrafa y artista Margarita Montealegre: me traía gran parte de sus fotos en una carpeta. Con toda la humildad de los y las grandes, ella entra sin pedir asiento, sin pedir tiempo y frunce el ceño cuando una le explica lo que implica el traspaso de sus fotografías a un medio digital. Abrí la carpeta y perdí el aire: olvidé la revolución recordada. Estas fotos eran la revolución olvidada, la inmediata, la del presente, esa de los chavalos que no tenían instagram ni se podían hacer selfies con Hashtags haciendo el duckface. La Margarita logra captar el caos con naturalidad porque es una infiltrada, una chavala con cámara y adrenalina en mano, tratando de recoger todo lo urgente.

Quien la conoce personalmente sabe que ella está libre de adultismos, clasismos, racismos y machismos: esa mirada horizontal logra convertirla en una espectadora con un ojo en estado salvaje, como diría Breton. Esa falta de prejuicios la hace captar dinámicas de niños y niñas como si fuera una niña más, las dinámicas de la muerte como quien está viendo a alguien nacer y las dinámicas de la resilencia como quien ha vivido en ella toda la vida, sobrellevando la oscuridad con una sonrisa.

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La Margarita me devolvió la revolución que no conocí en los Carlitos, ni el Chocoyito Chimbarón, ni en los mártires de mi familia o de la familia de mi familia. Es una revolución que tampoco había encontrado en los árboles de la vida de las calles de Managua ni en el publi-periodismo “experimental” que realizan los canales de televisión comprados por el gobierno. Tampoco la encontré en las violaciones reiteradas a los derechos humanos de miles de personas con la concesión del canal interocéanico a empresas turbias. La revolución que quiero comprender y estudiar la encontré en los granos reventados de unas fotos bestiales, reveladas entre los ochenta y los setenta, disparadas por una fotógrafa genial que maneja un carrito amarillo y se niega a comprar un teléfono inteligente.

Mejor ser un cactus

A nosotras en Veinti3 no nos alegra estar participando en una expo de afiches sobre derechos humanos para el día de la mujer. Les explico: las majes de Veinti3 estamos participando en una exposición organizada por el Centro Cultural de España sobre estos temas y Gloria Ruiz será hoy participante de un conversatorio junto con Lonnie Ruiz. La discusión será bonita: hablaremos de nuestra responsabilidad como artistas y diseñadoras o diseñadores para comunicar ideas que aporten algo al mundo. Nos golpearemos el pecho, haremos una mueca.

No nos alegra participar, porque lidiar con esos temas es chocar con la realidad diaria. Dentro de nuestro trabajo como agencia para organizaciones y cooperación y como artistas relacionales, nos damos cuenta que ser mujer en este contexto es perder todo el poder, la individualidad, la sonrisa y el futuro económico. Es mejor ser un cactus, un gatito o una montaña lejana. Ser mujer es pertenecer a una cuarta categoría de seres vivos.

Seamos realistas: Al menos en Nicaragua, las mujeres que logran tener una educación superior al promedio, tienen que trabajar el triple que los hombres para lograr un salario levemente cercano. La mayoría de las mujeres se dedican al trabajo en la casa en cuanto ponen un pie ahí, mientras que los hombres gozan de su tiempo libre. Y ni hablemos de la maternidad: tener hijos e hijas en este país es entregar en bandeja la carrera profesional, porque muy pocos papás dedican algo de tiempo en cuidar a sus niños y niñas al igual que la mamá. Hasta acá, hemos hablado sólo de las mujeres que logran sobrevivir a femicidas que son justificados socialmente por matarlas o de las otras afortunadas que sobreviven a embarazos o abortos ilegales, por no tener acceso a una salud materna adecuada.

Día de la mujer - afiche por Consuelo Mora B

Entonces, no me gusta camuflar este día sólo con una expo sobre derechos humanos. No me gusta adornar estos temas porque a fin de cuentas, se justifican así nuestras acciones para cambiar cosas. Es cierto que el diseño gráfico, el arte y la comunicación visual tiene la responsabilidad de disparar ideas para el cambio, pero eso no significa que todos los seres humanos debamos escudarnos en la toma de acciones pequeñas sólo el 8 de marzo.

En algún momento de la historia la humanidad se indignó por el apartheid, por la esclavitud y por los desastres ambientales. ¿Será muy desquiciado llamar a un estado de alerta permanente por la protección de la mitad de la humanidad, las niñas y mujeres del mundo? ¿Será muy loco pensar que debemos dejar de matar niñas en países donde no son deseadas? No sé, tal vez no estaría mal celebrar a las mujeres todos los días tan sólo preservando sus vidas y su futuro.

En otras palabras, vengan a la expo de afiches que hoy inaugura, pero no se queden ahí. Llévense las ideas, la protesta y las ganas de cambio a sus casas y al futuro. Tal vez así no me dará tanta vergüenza presentarle a mi Abril este mundo que tiene que habitar.

En otras palabras, vengan a la expo de afiches que hoy inaugura, pero no se queden ahí. Llévense las ideas, la protesta y las ganas de cambio a sus casas y al futuro. Tal vez así no me dará tanta vergüenza presentarle a mi Abril este mundo que tiene que habitar.

Ser o no ser

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Hace un par de meses Managua amaneció con una nueva campaña de ANF en vallas y mopies con niños sonrientes, limpios, relajados. Me alegró ver un cambio en la manera en que la organización presenta a sus niños beneficiarios ahora con respecto a cómo los proyectaba hace 10 años. En ese entonces, no habían códigos internacionales de protección a la niñez y la adolescencia que valieran, ni argumentos que los hiciera repensar su idea de lo que debía verse como pobreza latinoamericana.

ANF fue prácticamente la primera organización donde trabajé al salir de la universidad. Recuerdo que los gastos administrativos eran limitados, todo se destinaba a los proyectos de ayuda que emprendía la organización. Por eso, ver que habían realizado una campaña con esa cantidad de recursos fue para mí una agradable sorpresa, sin mencionar que es una inversión totalmente necesaria siempre y cuando se sepa qué se quiere comunicar y a quienes.

El uso de una sola foto por anuncio en una ciudad de publicidad barroca, visualmente absurda y recargada como Managua agregaba limpieza a la campaña. En el extremo inferior derecho, se leía “Yo soy nica”. El concepto, aunque un poco plano y gastado, era directo y al grano al fin. Me sorprendí, me alegré, agradecí.

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La siguiente valla que observé, se distanciaba del resto: era una foto de estudio y llevaba un nombre, apellido y profesión al lado del rostro de la persona. Luego vi más de estas, muchas y todas contrastaban con las vallas anónimas. Era claro que nada había cambiado y que, ser nica, no es lo mismo que ser nica y todo indicaba que ANF quería aclararnos este punto.

Comprendemos que ser nicaragüense es algo que unifica a todas las personas que aparecen en la campaña. Todos tienen una sonrisa (algunas de estas “personalidades” aparecían en fotos de estudio posadas y con una mueca, recortados de otro fondo y colocados sobre superficies planas. Voy a pretender que nunca vi esas). Todos miran a la cámara. Todos están vivos.

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A partir de esas tres constantes, nos damos cuenta que esta pretende ser una campaña activa. Te miran, me miran, nos miran y nos trasladan así la idea de ser nicaragüense como algo que se comparte y se vive en comunidad, aunque ellos existan en la virtualidad de su bidimensionalidad y nosotros en la realidad de nuestra tridimensionalidad. Es un compartir colectivo, horizontal… y anónimo, hasta que vemos los nombres y los cargos de unos cuantos, que nos aclaran que no somos iguales.

¿Qué tal el nombre y cargo de la niña que sonríe a la cámara justo antes de la imagen de Luis Enrique Mejía o Xiomara Blandino, fácilmente identificables por locales sin necesidad de nombres? Eso sería aceptar que una estudiante menor de edad de escasos recursos es igual que un líder de opinión. Eso sería aceptar que no estamos perpetuando un clasismo postcolonial que nos tiene ahogados. Sería aceptar que ser nica no es lo mismo que ser nica.

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Supongo que necesitaremos unos cuantos siglos más para aprobar o presentar conceptos creativos que rompan con nuestros estereotipos de finca remota centroamericana. Eso o viajar un poco y así para ahorrarnos los siglos.

El virus del video institucional

No sé de cuál laboratorio postcolonial vino el problema, pero estamos frente a una especie de virus que se esparce mientras pasan los años. No me refiero a una enfermedad que ataca a instituciones pequeñas, sin mundo, con personal que no ha tenido la oportunidad de viajar y leer: Se trata de un mal que ataca a las instuciones que ponen los pies y echan raíces en esta región, con un equipo de gente brillante y propositiva. Es el mal del video institucional.

Es fácil identificar sus focos de expansión al acercarse el fin de año: De pronto, ellos empiezan a publicar tímidamente por las redes sociales los videos que muy bien describen tan honorables instituciones. Usualmente la introducción se abre con un locutor que aguanta la respiración y dice “Desde hace más de X años, la institución X viene trabajando por el beneficio de X y X..”. Mejor aún: está el video institucional de exportación, que casi siempre empieza por “Nicaragua es un país localizado en…”

Y claro, en el proceso de producción del material, siempre viene un atrevido que propone una introducción distinta o un cierre que no contenga un niño sonriendo o un sol naciente. Se reúne entonces la cabeza de la organización y la persona de administración convence al resto de que una institución seria no puede abrir o cerrar con una idea medio loca. Así que, “muchas gracias por sus aportes creativos, sr. o sra, no queremos un producto tan… artístico”.

Pero parece que alguien lo logró: Ha estado circulando un video institucional que ha logrado que la gente lo circule por internet (óigase bien) v o l u n t a r i a m e n t e. Por supuesto que el video cae en clichés atrevidos y en lo políticamente incorrecto, pero ¿no deberían las instituciones relajar un poco su rigidez de cara una necesidad de mercadear sus valores? Poniendo de un lado el llamado al consumo de Chiquita (a Dole le podrían dar ochocientas certificaciones y nada va a cambiar el asesinato masivo que cometieron en toda América Latina con la distribución de Nemagón), el video crea empatía, es divertido y hace que uno logre llegar al final.


Estimadas instituciones: No por los efectos tridimensionales en sus logos ni las fotos de entrega de certificados alguien va a recordar lo que hacen. Si empezáramos a ver un mercado potencial en donantes particulares y no sólo en donantes grandes (vía discursos acartonados), talvez se lograra dialogar más con la humanidad. Lo que sí sé, es que si veo otro paisaje al final de un video institucional voy a tener que recrear la última escena de Fight Club, al menos como performance solitario y alegrísimo… sí, con Pixies de fondo y todo. ¿Alguien más se apunta?

Miopía

Soy miope desde la adolescencia. Esa característica no me hace menos capaz de adaptarme a las necesidades de un mundo extraño y deforme. Tampoco hay mucha diferencia entre lo que yo veo y lo que ve la señora al lado mío en el rótulo de las promociones del supermercado, todo porque encontré una forma de emular la visión 20/20: Unos grandes anteojotes. O en algunos casos, lentes de contacto.

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Los miopes no estamos esperando salir a la calle y ver grandes rótulos luminosos que se adapten a nuestros ojos incapaces de enfocar a distancia. Una condición básica de supervivencia es ubicarse en el espacio y tiempo en el que uno vive… con todo lo que eso implica.

La palabra ética proviene del griego êthos y significaba, originalmente, estancia, lugar donde se habita. Uno se ubica en el espacio y tiempo donde vive a través de la observación y la adaptación… Un par de anteojotes para evitar una visión miope de la realidad es el apoyo perfecto para tomar una posición ética. Aristóteles sintetizó un poco más el término y la aterrizó como manera de ser, carácter. Este se construye a través de la repetición de actos, la creación de hábitos.

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Parece que el mundo de la publicidad, el diseño y en muchos casos el arte se ha querido parquear lejos del debate de la ética y se vanagloria de ser miope. En algún momento ellos fueron decisivos para la construcción de nuevos paradigmas, pero existe una discusión que ahora cuestiona si dejaron o no de serlo. Al menos en Centroamérica, los estándares publicitarios siguen siendo los básicos….

Cuando hablo de básicos me refiero a los procesos relacionados con la supervivencia vital que nos exige nuestra corporalidad: Nacer, comer, dormir, reproducirse, morir. Un mensaje básico no presenta un significado profundo más allá de la lectura inicial, ya sea en cuanto a contenido o forma.

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Básico es el fotógrafo que hace un desnudo a contraluz de una mujer con proporciones perfectas, sólo porque él se autoproclama artista. Básico es el/la periodista que aborda un tema escarbando en la belleza hueca, pasividad o santidad de un personaje sólo por el hecho de ser mujer. Básicos somos nosotros, cuando pasamos de lejos frente a los rótulos que nos convierten en super girls o super moms por tener un súper celular que tiene ringtones de Beyonce.

No todos los mensajes básicos son antiéticos. Para entender por qué, tendríamos que hablar un poco sobre qué es sexismo.

Marcela Lagarde lo define como la opresión social fundamentada en la diferencia sexual de las personas. En el caso de la publicidad, el sexismo apunta usualmente a las mujeres como protagonistas vacías de situaciones ficticias.

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La revista mexicana Violeta, afirma que la publicidad es sexista cuando difunde un mensaje o una imagen que degrada a la persona por razón de su sexo y cuando se presentan estereotipos que refuerzan roles tradicionales que tienen como resultado la disminución o subordinación de un sexo frente al otro.

El sexismo en la publicidad no es una situación aislada: Incluso las publicaciones o empresas que se autoproclaman conocedores de su mercado meta y de sus necesidades, presentan a las mujeres como espectadoras pasivas, asociadas a trabajos meramente reproductivos y con una identidad sustentada sólo en las labores que realizan para complacer a los demás. Ni hablar de la victimización y la lucha por la perfección física inalcanzable.

Dolce & Gabanna sacó este anuncio que, espero, haya sido realizado por su agencia para crear polémica. La imagen dio por supuesto la vuelta al mundo en el 2007. Varias instituciones se pronunciaron no sólo por la objetualización del cuerpo de la mujer, sino porque se aprueba, de manera implícita, el uso de la violencia y el sometimiento de la mujer a través de la fuerza. El anuncio fue removido de varios medios, pero mantuvo su polémica en las redes sociales.

La comisión europea tuvo la maravillosa idea de realizar este anuncio para estimular a las muchachas a involucrarse en ciencia. A través de “It’s a girl thing” se intenta empoderar a mujeres y hacerles ver que por ser científicas, no se tiene que ser fea o andar en esos zapatos planos de las abuelitas. Para ser científica sólo hay que posar frente a un modelo masculino en bata de médico y embarrarse la cara de maquillaje. Genios.

Hablar de sexismo, aparte de ser una cuestión de autoestima social, es además una cuestión de regulaciones internacionales. Desde el punto de vista ético, el sexismo se ha discutido desde el siglo XIX y se plantea desde el precepto de que toda nuestra construcción social y moral está basada en valores impuestos por hombres, por una cosmovisión patriarcal y masculina. Por lo tanto, excluyentes y antiéticos.

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Por contradictorio que parezca, el 1ero de Marzo de 2006, dentro del ámbito de la Unión Europea, la Comisión aprueba la “Hoja de Ruta para la igualdad entre hombres y mujeres (2006-2010)” donde, entre otras medidas, se incluye la de eliminar los estereotipos sexistas en los medios de difusión y se plantea lo siguiente:

“Los medios de difusión tienen una función clave en la lucha contra los estereotipos sexistas. Pueden contribuir a presentar una imagen realista de la competencia y el potencial de las mujeres y los hombres en la sociedad actual y evitar retratarlas de manera degradante y ofensiva”.

El Fondo para el Desarrollo de la Mujer de Naciones Unidas UNIFEM otorga cada año un premio de publicidad no sexista en Iberoamérica. Se definen una lista de características a través de las cuales podemos identificar la publicidad sexista:

  • Los que difunden imágenes estereotipadas de mujeres y hombres.
  • Asocian a mujeres y varones como usuarios exclusivos de ciertos productos o servicios (por ejemplo, las mujeres promocionan artículos de limpieza, electrodomésticos, cosmética, comida, y los varones autos, bebidas e inversiones).
  • Expresan violencia (física, emocional o psicológica) y/o subordinación.
  • Transmiten una imagen de incapacidad y/o dependencia de mujeres u hombres para realizar tareas no habituales para su género (desde limpiar una casa hasta arrancar un auto u ocuparse de los niños).
  • Explotan el cuerpo o la sexualidad para vender productos.

A fin de cuentas, ¿a qué hora empezó esto? No soy la persona más adecuada para plantear hipótesis sobre el inicio del sexismo. Sí puedo señalar sobre el inicio de las representaciones femenino/masculino occidentales que aún permean los catálogos, las revistas de cine, los tristes periódicos y las gigantografías de revistas de sociedad.

John Berger ha hecho un trabajo refrescante sobre los roles femeninos en representaciones renacentistas publicidad actual. La sorpresa es que, mientras todos apuntamos a unos ideales sexistas en nuestro entorno social, los estamos reproduciendo por inercia post-colonial. La mujer, como ser incompleto, se posiciona frente al espectador buscando ser completada. La mujer se muestra débil, confundida, desorientada. Está sexualizada, fraccionada, infantilizada. En otras palabras, huecas… desde el renacimiento.

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Cindy Sherman, artista, fue una de las primeras en plantear la representación femenina en el cine y la publicidad occidental. Su trabajo retoma obras y fotografías importantes de personajes femeninos como víctimas de las circunstancias de un mundo que necesita ver a las mujeres puestas en ridículo, minimizadas, victimizadas.

Virginia Warren, en su libro “Feminist Directions in Medical Ethics, Thirteen Moral Questions in Ethics”, dice: La mujer estereotipada – con todos sus órganos reproductivos, emociones y vínculos afectivos hacia otros – no calza en la categoría de ser humano común y corriente.

Sexismo Nicaragua

En la región, difícilmente se regulará la publicidad sexista con lineamientos éticos locales. Quedasen fuera del juego casi todos los medios escritos nacionales, los canales de televisión tuviesen que empezar a hablar de género a su personal y lo más inverosímil: en las agencias de publicidad, probablemente se necesitasen mujeres u hombres con cierta cultura general en cargos de creatividad.

Entonces, al finalizar esta plática, será necesario que todas empecemos a recoger esos restos desmembrados, aberrantes e infantilizados de las mujeres que venden cerveza en los rótulos. Redescubramos que, detrás de nuestros ojos y nuestras proporciones físicas diversas, hay personas completas, antes que seres sexualizados y cansados.

La publicidad en Nicaragua no tiene vista ni anteojos, necesita voluntarias que renuncien a adaptarse a la visión borrosa de las agencias y empiecen a exigir que ellos se adapten a un mundo enorme con un futuro competitivo liderado por mujeres. Si no me creen, miren a la persona que tienen al lado.

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Tal y como ha ocurrido siempre, los satélites tienen satelititos también. Centroamérica es un satelitito de México, así como México es un satelitito de Estados Unidos, al menos en lo que a cultura pop se refiere. Y los gringos? Bueno, ellos ya son satelititos de una cultura migrante en negación continua. Pobres.

Hace poco, Raúl Quintanilla organizó una muestra paralela al festival internacional de teatro acá en Nicaragua. De teatro sé lo mismo que de física cuántica, pero como espectadora común y corriente, recordé la cantidad de veces que quise cambiar el canal en medio de una obra nica.

“Carlos Alfonso… Me dejas???” 

“Sí, Maria Helena. Te dejo por otra…”

“Aunque me golpees…. Mi vida no tiene sentido si te vas”

(La doña mira a la cámara y le da la espalda a su interlocutor, quien respira hiperventilando, igual que ella).

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Raúl me hizo recordar una discusión que leí hace no mucho tiempo, realizada en los años 90. Se decía que por varias décadas (30s, 60s y 70s) el teatro mexicano parecía estar en decadencia, hacía falta público. Público? No fue en esa época en que se llenaban a reventar las peleas de lucha libre? No fue entonces ese también un hijo del circo mexicano, al igual que después el teatro y eventualmente las telenovelas?

No nos sorprendemos cuando, viendo una obra de teatro nica, de pronto a algún actor se le sale un “órale!”. Yo estaría feliz con que se aceptara el movimiento gravitacional alrededor de Televisa y se empezara a hacer lucha libre en las salas del teatro nacional Rubén Darío.