Guerra, gamers y marty mcfly

Jon Lovitz, construido de lucecitas catódicas, aparece sonriendo en el cuarto de mis abuelos. La tele parpadea y no hay control remoto: En 1989 eso no es tan importante. Yo divago descalza sobre la alfombra gris y Jon Lovitz sigue facturando fotogramas, menciona unas palabras que se grabarían en mi memoria desde esa tarde de domingo: Reusemos el agua de la lavadora. Cerremos el grifo. En nuestras manos está el mundo.

Es absurdo tener 30 años y recordar esa imagen con pavor. No es que le tuviera miedo a la atmósfera Saturday Night Live – Mickey Mouse Club (aún), pero es que esas amables, concientes palabras dejaban claro que habíamos recibido una tierra llena de deudas. Había en los ojos de ese gordito feliz una complicidad que yo no compartía, un cortoplacismo con el que yo no contaba y una sentencia clara. La gente no haría eso. La gente se encargaría de soltar las manos y dejar caer al mundo. Yo no tenía ni una década aquí y ya debía prepararme para la guerra.

Eso hice: Las revistas infantiles me publicaron cualquier cantidad de poesía y cuentos ecológicos ridículos que salvarían al mundo. Ahorré agua. Tuve miedo del paso del asfalto. Separé la basura. Poco a poco, empecé a deducir que el futuro era la utopía de los años 50 y que Marty Mcfly debía quedarse siempre en su generación 2000 de patinetas voladoras.

Hoy me topé con una conferencia que dio Jane McGonigal sobre su proyecto de Gamers de cara a resolver los problemas de la humanidad. Su carita, tensa de la emoción, explicaba cómo todos unidos podíamos resolver los problemas de la tierra si se asumieran dichos problemas como parte de un gran juego. Tiene total sentido, todo el sentido de todos los tiempos y las ideas unidas en un gran, morboso nudo. Tanto sentido, que haremos todo lo contrario, y, como ocurrió hace miles de años, presionaremos el botón. Esa vez, la explosión no será de pixeles.

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