Soy todo oídos

Doctora, no me gusta pesarme antes de la consulta, creo que esa es información irrelevante para su trabajo. Si quiere, le paso por escrito en una discreta servilleta, el número exacto de libras que yo seguramente tengo después de ese chocolatito que me comí ayer.

Tampoco necesito que nos extendamos demasiado, pues debo reunirme después con mi asesor en comunicación. Dígame algo: ¿Y si en vez de un…? ¿Cómo le llama usted? ¿Diagnóstico?… ¿mejor me manda de una vez el tratamiento? Yo supongo que algo para la tos estaría bien y además, le pediría unas pastillitas para el dolor, ya que cuando subo las escaleras muy rápido me da una punzada incómoda en el pecho.

No me gusta tampoco el metal frío del estetoscopio contra mi espalda. Creo que podemos proceder sin necesidad de detenernos tanto en esos detalles, porque en 10 minutos viene el profesional que le comenté antes y debo irme urgentemente. Yo le puedo describir el dolor que siento y usted que es la experta me dice lo que tengo y cómo solucionarlo sin necesidad de mucho gasto o mucho tiempo.

Si le parece, me pasa antes que nada su proforma y yo la comparo con la del doctor de mi mamá, que es el doctor tradicional de la familia y nos hace precio especial. Imagínese que a veces ni me cobra. No me tome a mal, yo quiero trabajar con usted, sólo considere que este trabajo es bueno para su cartera de pacientes y no le caería mal que me haga un buen precio. Es más, la recomendaré con mis amigos.

Doctora: Ahora, según su experiencia, ¿Podría explicarme en los próximos 5 minutos cómo resolver mi dolorcito y la tos? Quisiera escuchar una explicación linda, linda, accesible, que me guste y que le guste a toda la gente con la que tenga que compartirla. Soy todo oídos.

Advertisements

La revolución que no conocí en los Carlitos

Si sos de mi generación o menor, es probable que la revolución te tenga hasta los ovarios. Para mí, este tema es como la familia: La amás tanto como odiás sus vicios, la querés olvidar tanto como la querés recordar. Me refiero a la revolución producto del registro histórico inamovible que ocurre cuando cae en las manos del poder: el arte con temas re-re-re-revolucionarios es el disco rayado nicaragüense por excelencia. Ni hablar de la identidad corporativa de un gobierno disque sandinista que porta llaveros de mártires para sus Tucson del año. Esa revolución, plana, confundida y estereotipada, es un peligro.

Ventana-01-Miguel

Hace un par de meses entró por la puerta de Veinti3 la fotógrafa y artista Margarita Montealegre: me traía gran parte de sus fotos en una carpeta. Con toda la humildad de los y las grandes, ella entra sin pedir asiento, sin pedir tiempo y frunce el ceño cuando una le explica lo que implica el traspaso de sus fotografías a un medio digital. Abrí la carpeta y perdí el aire: olvidé la revolución recordada. Estas fotos eran la revolución olvidada, la inmediata, la del presente, esa de los chavalos que no tenían instagram ni se podían hacer selfies con Hashtags haciendo el duckface. La Margarita logra captar el caos con naturalidad porque es una infiltrada, una chavala con cámara y adrenalina en mano, tratando de recoger todo lo urgente.

Quien la conoce personalmente sabe que ella está libre de adultismos, clasismos, racismos y machismos: esa mirada horizontal logra convertirla en una espectadora con un ojo en estado salvaje, como diría Breton. Esa falta de prejuicios la hace captar dinámicas de niños y niñas como si fuera una niña más, las dinámicas de la muerte como quien está viendo a alguien nacer y las dinámicas de la resilencia como quien ha vivido en ella toda la vida, sobrellevando la oscuridad con una sonrisa.

Niños-Gritan-01-Miguel

La Margarita me devolvió la revolución que no conocí en los Carlitos, ni el Chocoyito Chimbarón, ni en los mártires de mi familia o de la familia de mi familia. Es una revolución que tampoco había encontrado en los árboles de la vida de las calles de Managua ni en el publi-periodismo “experimental” que realizan los canales de televisión comprados por el gobierno. Tampoco la encontré en las violaciones reiteradas a los derechos humanos de miles de personas con la concesión del canal interocéanico a empresas turbias. La revolución que quiero comprender y estudiar la encontré en los granos reventados de unas fotos bestiales, reveladas entre los ochenta y los setenta, disparadas por una fotógrafa genial que maneja un carrito amarillo y se niega a comprar un teléfono inteligente.