La revolución que no conocí en los Carlitos

Si sos de mi generación o menor, es probable que la revolución te tenga hasta los ovarios. Para mí, este tema es como la familia: La amás tanto como odiás sus vicios, la querés olvidar tanto como la querés recordar. Me refiero a la revolución producto del registro histórico inamovible que ocurre cuando cae en las manos del poder: el arte con temas re-re-re-revolucionarios es el disco rayado nicaragüense por excelencia. Ni hablar de la identidad corporativa de un gobierno disque sandinista que porta llaveros de mártires para sus Tucson del año. Esa revolución, plana, confundida y estereotipada, es un peligro.

Ventana-01-Miguel

Hace un par de meses entró por la puerta de Veinti3 la fotógrafa y artista Margarita Montealegre: me traía gran parte de sus fotos en una carpeta. Con toda la humildad de los y las grandes, ella entra sin pedir asiento, sin pedir tiempo y frunce el ceño cuando una le explica lo que implica el traspaso de sus fotografías a un medio digital. Abrí la carpeta y perdí el aire: olvidé la revolución recordada. Estas fotos eran la revolución olvidada, la inmediata, la del presente, esa de los chavalos que no tenían instagram ni se podían hacer selfies con Hashtags haciendo el duckface. La Margarita logra captar el caos con naturalidad porque es una infiltrada, una chavala con cámara y adrenalina en mano, tratando de recoger todo lo urgente.

Quien la conoce personalmente sabe que ella está libre de adultismos, clasismos, racismos y machismos: esa mirada horizontal logra convertirla en una espectadora con un ojo en estado salvaje, como diría Breton. Esa falta de prejuicios la hace captar dinámicas de niños y niñas como si fuera una niña más, las dinámicas de la muerte como quien está viendo a alguien nacer y las dinámicas de la resilencia como quien ha vivido en ella toda la vida, sobrellevando la oscuridad con una sonrisa.

Niños-Gritan-01-Miguel

La Margarita me devolvió la revolución que no conocí en los Carlitos, ni el Chocoyito Chimbarón, ni en los mártires de mi familia o de la familia de mi familia. Es una revolución que tampoco había encontrado en los árboles de la vida de las calles de Managua ni en el publi-periodismo “experimental” que realizan los canales de televisión comprados por el gobierno. Tampoco la encontré en las violaciones reiteradas a los derechos humanos de miles de personas con la concesión del canal interocéanico a empresas turbias. La revolución que quiero comprender y estudiar la encontré en los granos reventados de unas fotos bestiales, reveladas entre los ochenta y los setenta, disparadas por una fotógrafa genial que maneja un carrito amarillo y se niega a comprar un teléfono inteligente.

Mejor ser un cactus

A nosotras en Veinti3 no nos alegra estar participando en una expo de afiches sobre derechos humanos para el día de la mujer. Les explico: las majes de Veinti3 estamos participando en una exposición organizada por el Centro Cultural de España sobre estos temas y Gloria Ruiz será hoy participante de un conversatorio junto con Lonnie Ruiz. La discusión será bonita: hablaremos de nuestra responsabilidad como artistas y diseñadoras o diseñadores para comunicar ideas que aporten algo al mundo. Nos golpearemos el pecho, haremos una mueca.

No nos alegra participar, porque lidiar con esos temas es chocar con la realidad diaria. Dentro de nuestro trabajo como agencia para organizaciones y cooperación y como artistas relacionales, nos damos cuenta que ser mujer en este contexto es perder todo el poder, la individualidad, la sonrisa y el futuro económico. Es mejor ser un cactus, un gatito o una montaña lejana. Ser mujer es pertenecer a una cuarta categoría de seres vivos.

Seamos realistas: Al menos en Nicaragua, las mujeres que logran tener una educación superior al promedio, tienen que trabajar el triple que los hombres para lograr un salario levemente cercano. La mayoría de las mujeres se dedican al trabajo en la casa en cuanto ponen un pie ahí, mientras que los hombres gozan de su tiempo libre. Y ni hablemos de la maternidad: tener hijos e hijas en este país es entregar en bandeja la carrera profesional, porque muy pocos papás dedican algo de tiempo en cuidar a sus niños y niñas al igual que la mamá. Hasta acá, hemos hablado sólo de las mujeres que logran sobrevivir a femicidas que son justificados socialmente por matarlas o de las otras afortunadas que sobreviven a embarazos o abortos ilegales, por no tener acceso a una salud materna adecuada.

Día de la mujer - afiche por Consuelo Mora B

Entonces, no me gusta camuflar este día sólo con una expo sobre derechos humanos. No me gusta adornar estos temas porque a fin de cuentas, se justifican así nuestras acciones para cambiar cosas. Es cierto que el diseño gráfico, el arte y la comunicación visual tiene la responsabilidad de disparar ideas para el cambio, pero eso no significa que todos los seres humanos debamos escudarnos en la toma de acciones pequeñas sólo el 8 de marzo.

En algún momento de la historia la humanidad se indignó por el apartheid, por la esclavitud y por los desastres ambientales. ¿Será muy desquiciado llamar a un estado de alerta permanente por la protección de la mitad de la humanidad, las niñas y mujeres del mundo? ¿Será muy loco pensar que debemos dejar de matar niñas en países donde no son deseadas? No sé, tal vez no estaría mal celebrar a las mujeres todos los días tan sólo preservando sus vidas y su futuro.

En otras palabras, vengan a la expo de afiches que hoy inaugura, pero no se queden ahí. Llévense las ideas, la protesta y las ganas de cambio a sus casas y al futuro. Tal vez así no me dará tanta vergüenza presentarle a mi Abril este mundo que tiene que habitar.

En otras palabras, vengan a la expo de afiches que hoy inaugura, pero no se queden ahí. Llévense las ideas, la protesta y las ganas de cambio a sus casas y al futuro. Tal vez así no me dará tanta vergüenza presentarle a mi Abril este mundo que tiene que habitar.