Ser o no ser

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Hace un par de meses Managua amaneció con una nueva campaña de ANF en vallas y mopies con niños sonrientes, limpios, relajados. Me alegró ver un cambio en la manera en que la organización presenta a sus niños beneficiarios ahora con respecto a cómo los proyectaba hace 10 años. En ese entonces, no habían códigos internacionales de protección a la niñez y la adolescencia que valieran, ni argumentos que los hiciera repensar su idea de lo que debía verse como pobreza latinoamericana.

ANF fue prácticamente la primera organización donde trabajé al salir de la universidad. Recuerdo que los gastos administrativos eran limitados, todo se destinaba a los proyectos de ayuda que emprendía la organización. Por eso, ver que habían realizado una campaña con esa cantidad de recursos fue para mí una agradable sorpresa, sin mencionar que es una inversión totalmente necesaria siempre y cuando se sepa qué se quiere comunicar y a quienes.

El uso de una sola foto por anuncio en una ciudad de publicidad barroca, visualmente absurda y recargada como Managua agregaba limpieza a la campaña. En el extremo inferior derecho, se leía “Yo soy nica”. El concepto, aunque un poco plano y gastado, era directo y al grano al fin. Me sorprendí, me alegré, agradecí.

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La siguiente valla que observé, se distanciaba del resto: era una foto de estudio y llevaba un nombre, apellido y profesión al lado del rostro de la persona. Luego vi más de estas, muchas y todas contrastaban con las vallas anónimas. Era claro que nada había cambiado y que, ser nica, no es lo mismo que ser nica y todo indicaba que ANF quería aclararnos este punto.

Comprendemos que ser nicaragüense es algo que unifica a todas las personas que aparecen en la campaña. Todos tienen una sonrisa (algunas de estas “personalidades” aparecían en fotos de estudio posadas y con una mueca, recortados de otro fondo y colocados sobre superficies planas. Voy a pretender que nunca vi esas). Todos miran a la cámara. Todos están vivos.

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A partir de esas tres constantes, nos damos cuenta que esta pretende ser una campaña activa. Te miran, me miran, nos miran y nos trasladan así la idea de ser nicaragüense como algo que se comparte y se vive en comunidad, aunque ellos existan en la virtualidad de su bidimensionalidad y nosotros en la realidad de nuestra tridimensionalidad. Es un compartir colectivo, horizontal… y anónimo, hasta que vemos los nombres y los cargos de unos cuantos, que nos aclaran que no somos iguales.

¿Qué tal el nombre y cargo de la niña que sonríe a la cámara justo antes de la imagen de Luis Enrique Mejía o Xiomara Blandino, fácilmente identificables por locales sin necesidad de nombres? Eso sería aceptar que una estudiante menor de edad de escasos recursos es igual que un líder de opinión. Eso sería aceptar que no estamos perpetuando un clasismo postcolonial que nos tiene ahogados. Sería aceptar que ser nica no es lo mismo que ser nica.

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Supongo que necesitaremos unos cuantos siglos más para aprobar o presentar conceptos creativos que rompan con nuestros estereotipos de finca remota centroamericana. Eso o viajar un poco y así para ahorrarnos los siglos.

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