Aló, ¿con Ortega por favor?

¿Se acuerdan de una época en la que, para surfear la pre-adolescencia con toda la estupidez necesaria, se hacían llamadas con bromas babosas a personas ocupadas? Era una época pre-internet, cuando se troleaba de frente, con papelitos o por teléfono. Hoy la cosa iría más o menos así: “Aló, ¿con el presidente Ortega por favor?”. Una vez letárgica contestaría: “El comandante no responde directamente a las llamadas. Puede dejarle…” Entonces yo pondría la sonrisa más idiota y prepararía mi peor imitación del vocalista de The Cure: “Dígale que llamo de 1985 para pedirle su estrategia de marketing político…”. Corte a negro.

Quisiera pensar que esa idea no pasa de ser un intento de broma para matar 3 neuronas un domingo y decir que este post no nació de un inteligente artículo de Tim Rogers publicado en Fusion. Pensé en la cantidad de medios internacionales que están cuestionando a Ortega y a otros gobiernos por los pasos que está dando (y se le está permitiendo dar) hacia una clara dictadura.

El problema de esta última década de gobierno de Ortega no es sólo que se considere el más corrupto de la historia de Nicaragua o que sus personajes parezcan sacados de una película de Terry Gilliam, en la que todos viven en una casa flotante que se derrite: El problema principal es que su maquinaria publicitaria ha minimizado la responsabilidad que tiene una persona (o personalidad) en relación con su identidad digital.

¿Será que se enteran de la cantidad de problemas que se solucionan, se crean y se deshacen en la esfera digital? ¿Estarán claros y claras de la necesidad de saldar esa distancia que hay entre ellos y una comunidad internacional y nacional que exige ver y escuchar de frente a todas las personas por muy inalcanzables que sean? Si acaso lo están, parece no interesarles.

Tomemos como ejemplo a Donald Trump. Eso de hacernos creer que tiene rabietas a las 11 de la noche y que hace tweets misóginos contra las esposas de sus contrincantes a esa hora, es una movida tan brillante como terrible. Nos hace pensar que este señor color naranja es tan humano y cercano como nuestro tío que se pelea con todo mundo en las reuniones familiares. ¿Será que Trump sabe qué es Twitter? probablemente no, pero nunca nos enteraremos.

Daniel Ortega no es Donald Trump ni Hillary Clinton. Es una figura pública que ha tenido el espaldarazo y respeto de una comunidad internacional enorme. De alguna manera, se ha sabido dar la vuelta y quemar los libros en los que ha sido mencionado como una figura del socialismo del siglo XX. Eso, señores y señoras, merece una explicación, una broma, o al menos un “Disculpen, son las pastillas”… porque al final, la gente no escatima en condenar ante el silencio.

No estoy segura, tampoco, si el régimen de Ortega y sus asesores comprenden qué uso darle a los distintos canales de comunicación. Está claro que el trabajo que han hecho dentro del país ha funcionado de cierta manera, cercando casi todos los canales de televisión e invirtiendo dinero público robado en mensajes partidarios impresos que llegan hasta el último rincón del país.

Han contratado experto tras experto para impartir talleres de comunicación digital  a la Juventud Sandinista, grupo paramilitar del estado que usa camisetas multicolor. ¿No será que están forzando el uso de medios de comunicación digital a personas que usan otros medios en su día a día? ¿O será que piensan, en su desesperación, que no existe otra forma de responder a la avalancha de mensajes críticos nacionales e internacionales en redes sociales que sí usan estos medios naturalmente?

Lo cierto es que la identidad digital personal de una figura pública ya no puede ser algo a lo que se recurra en última instancia. Nos guste o no, es ahora una marca, una extensión de esa persona que se ve en el espejo y que porta un nombre. La identidad digital de Ortega no puede estar “cubierta” con perfiles de parodias a su nombre. Al pensarse como mesías de un solo país chiquito de Centroamérica que no se abre a un diálogo internacional y que piensa en términos analógicos, está condenando su intento de monarquía y su plan de dictadura.

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