Los chunchitos contenidos

Una vez se quitan los logos de la inauguración y los zapatos altos dejan de agujerear la alfombra y los ladrillos repellados, se pueden invocar, desempacar y soltar todos los chunchitos lindos contenidos que conforman esta bienal centroamericana.

No es como que se pueda avistar Centroamérica desde todas esas paredes blancas con olor a pintura. Tampoco es como que sea válido volver al tema del museo aburridísimo y del arte en su contexto. Es sólo que, para haberse acabado y reacabado el mundo tantas veces, esta muestra tiene una dosis de felicidad adicional que equivale a tratar de reírse de una carretera donde se debe caminar sin acera.

La mayoría de los trabajos bienaleros guardados en el museo de arte contemporáneo de Panamá tienen un discurso bajito, personal, de puro empierne. Como cuando un desconocido canta “Quelqu’un m’a dit” pensando que nadie más escucha o cuando en un banco alguien se saca la camisa para rascarse el ombligo. Así.

Hay algunas propuestas pensadas para aplaudirse o para discutirse a través de megáfonos, pero por suerte, son poquísimas. Otras, intentan documentar la centroamericanidad con lentes de curador europeo. Lo genial es que son el yang del ying, el menos del más, lo mainstream de lo sorprendente. Deben existir para que den ganas de desempacar y acampar en medio de las otras propuestas.

Y entonces uno viene y se encuentra con una gran piscina de dulce de leche cuajado, con un olor a gritos y con unas manos de niño que juegan al lado con la piel estirada del abdómen de su mamá. Qué ganas de acurrucarse en esa esquina de Maria Raquel Cochez, de dialogar con un tema tan cotidiano, preciso y autobiográfico.

Luego al doblar la esquina, el cuarto de la ropa de Lucy Argueta, con un poco de desaparición, de guerra perpetua y de reconocimiento de los muertos. El video redunda en el tema, pero la inercia de la ropa desecha sobre un pulcro plástico blanco de esos de CSI dan ganas de sentarse ahí, en medio, oler o invocar.

El salón de las máquinas, que viene después, bien podrían ser una sola obra, no por su similitud sino por la museografía hacinada. Tres obras: La de Léster Rodríguez, Patricia Beli y Colectivo Veinti3 (Moisés Mora, Darwin Andino, Juan Carlos Mendoza y yo) que se decidió poner en conjunto sin mucho márgen para existir. La premodernidad y las máquinas preindustriales son sólo el resultado de problemas muy reales en el Macondo centroamericano. Tan reales que La Máquina que Cambiará el Universo de desarmó por decisión del museo y tocó armarla horas antes de la inauguración.

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Doblando desde ahí, de nuevo el discurso en murmullos de un proceso de sanación con el trabajo de John Juric, donde se unen frasquitos vacíos de tratamientos para la insuficiencia renal crónica con el acto repetitivo de despegar materiales en serie hasta formar figuras sobre un canvas. Un trabajo tan limpio y callado que uno no quiere preguntar más, sólo escuchar.

El proyecto de Elena Wen le da el toque electro post punk al recorrido, con sus personajes animados/onomatopéicos que recuerdan a cómics asiáticos mexzclados con un paisaje soleado de estos lados. No tengo el realismo mágico necesario para describirlo, sólo sé que es un pasillo para abrir la boca un buen rato.

En el primer piso, es inevitable detenerse frente al trabajo de Luis Cornejo y de Eduardo Lytton, que debería tener una puerta o una escalera de colores luz que se conecte con las animaciones de Elena. En el salón más grande, justo al lado de la entrada, está la zona donde uno debería caminar desde lejos para desempacar, poco a poco, lo que logre escanear de las obras de la Torana.

Es mejor entrar de lado, siguiendo las recomendaciones que se hacen al tratar de descifrar el campo energético de alguien. Sin mirar directamente, intentar comprender, desde la limpieza de las formas esculpidas por artesanos, un espacio y tiempo. No es exotismo, no es exteriorismo, no es indigenismo. Es Latinoamérica desde Guatemala muy en el 2013, muy desde las vivencias de cada integrante del colectivo, desde un silencio que sólo se puede estudiar con pinzas.

La bienal centroamericana de este año es un lugar donde se debe ir con la idea de desempacar, descontener, des-zippear los chunchitos contenidos en esas paredes extrañas. Menos pretenciones, más silencio, más aprendizaje, es lo que se ha ganado con los años. Más proceso, menos obras, más cuestionamientos, menos conclusiones: Hace semanas no pensé que lo diría pero es bueno estar aquí.

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