El virus del video institucional

No sé de cuál laboratorio postcolonial vino el problema, pero estamos frente a una especie de virus que se esparce mientras pasan los años. No me refiero a una enfermedad que ataca a instituciones pequeñas, sin mundo, con personal que no ha tenido la oportunidad de viajar y leer: Se trata de un mal que ataca a las instuciones que ponen los pies y echan raíces en esta región, con un equipo de gente brillante y propositiva. Es el mal del video institucional.

Es fácil identificar sus focos de expansión al acercarse el fin de año: De pronto, ellos empiezan a publicar tímidamente por las redes sociales los videos que muy bien describen tan honorables instituciones. Usualmente la introducción se abre con un locutor que aguanta la respiración y dice “Desde hace más de X años, la institución X viene trabajando por el beneficio de X y X..”. Mejor aún: está el video institucional de exportación, que casi siempre empieza por “Nicaragua es un país localizado en…”

Y claro, en el proceso de producción del material, siempre viene un atrevido que propone una introducción distinta o un cierre que no contenga un niño sonriendo o un sol naciente. Se reúne entonces la cabeza de la organización y la persona de administración convence al resto de que una institución seria no puede abrir o cerrar con una idea medio loca. Así que, “muchas gracias por sus aportes creativos, sr. o sra, no queremos un producto tan… artístico”.

Pero parece que alguien lo logró: Ha estado circulando un video institucional que ha logrado que la gente lo circule por internet (óigase bien) v o l u n t a r i a m e n t e. Por supuesto que el video cae en clichés atrevidos y en lo políticamente incorrecto, pero ¿no deberían las instituciones relajar un poco su rigidez de cara una necesidad de mercadear sus valores? Poniendo de un lado el llamado al consumo de Chiquita (a Dole le podrían dar ochocientas certificaciones y nada va a cambiar el asesinato masivo que cometieron en toda América Latina con la distribución de Nemagón), el video crea empatía, es divertido y hace que uno logre llegar al final.


Estimadas instituciones: No por los efectos tridimensionales en sus logos ni las fotos de entrega de certificados alguien va a recordar lo que hacen. Si empezáramos a ver un mercado potencial en donantes particulares y no sólo en donantes grandes (vía discursos acartonados), talvez se lograra dialogar más con la humanidad. Lo que sí sé, es que si veo otro paisaje al final de un video institucional voy a tener que recrear la última escena de Fight Club, al menos como performance solitario y alegrísimo… sí, con Pixies de fondo y todo. ¿Alguien más se apunta?

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